Y he aquí el último capítulo de su vida…
Tirada en medio de la calle principal, un revoltijo de gente se encontraba a su alrededor, intentando ocultar el derramamiento de sangre que había producido tal caída desde lo alto del edificio. Aquellos que la conocían, no podían más que sentir odio, odio por ellos mismos, por no haber sido capaces de evitar el sufrimiento de la pobre muchacha; para quienes era una desconocida, era un bello rostro en un bonito cuerpo deformado por el dolor que debió de llevarle a cometer tan atroz acto.
Un corazón dividido en tres partes, tres amores, y los tres rotos en una misma tarde.
Su infelicidad alcanzó tales niveles que la llevó a dejar de sufrir por medio de la muerte, esa dulce compañera que nos llama en esos momentos tan relevantes.Su amargura había podido con su fuerza, le había derrotado, le había destrozado, quedando como una muñeca rota que ya no se puede reparar.
[…]
Se hizo paso a través de la multitud, con ansias de saber qué había ocurrido en aquel lugar, más retrocedió al ver el rostro de la persona a la que amaba. Sus ojos color miel eran vidriosos e inertes, por las comisuras de sus rosados labios se deslizaba la más roja de las sangres y su alborotado cabello negro había quedado expandido a su alrededor. Aún después de muerta, ella seguía siendo la misma chica de la que se había enamorado. Con los ojos llorosos, la besó tiernamente por última vez y lloró desconsoladamente recostado sobre su pecho en un abrazo antes de que le obligaran a retirarse.
-Naike…-murmuró suavemente a su oído- Te quiero, siempre lo he hecho. Ojalá lo hubieras sabido antes… de… todo esto…
Las lágrimas volvieron a apoderarse de su rostro y su voz había huído. Tan sólo le quedaba un último recuerdo en el que él la rechazaba y la vitalidad de ella se iba desvaneciendo poco a poco de su mirada.
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